La noche aún se sentía templada, a pesar de que la lluvia era intensa.
El goteo continuo sobre el hierro forjado del vagón le daba al lugar una sensación inesperadamente acogedora.
Elora seguía pensando en el cianuro potásico cuando dijo:
—Parece que la lluvia nos estuviera susurrando algo… como “aún no es tiempo de salir de este vagón”.
Se rascó la punta de la nariz y continuó:
—Estoy segura de que todavía hay alguna pista escondida aquí.
Al bajar la mirada hacia Eliam, se dio cuenta de que estaba perdido en algún pensamiento.
—¿Eliam? ¿Eliam? ¿Qué te pasa?
—Ah, Elora… lo siento —respondió él—. Es solo que me invadió un sentimiento.
—¿Qué pasa, Eliam?
Él respiró hondo antes de hablar.
—Pienso en lo frágiles que somos. Hoy estamos aquí y mañana quizá ya no estemos. A veces este pensamiento me abruma.
¿Qué hay detrás de la muerte?
Elora se acercó y se agachó a su altura. Eliam estaba sentado, apoyado contra la pared del vagón, con los hombros caídos. Ella le sonrió con suavidad y ladeó un poco la cabeza.
—Eliam… ¿sabes? Es totalmente normal sentirse abrumado, incluso tener miedo.
Pero ¿sabes cuál es el truco?
Él levantó la mirada hacia ella.
—Quizá el truco esté en pensar que la muerte es parte de la vida. Que no tiene por qué ser un final, sino una transición… un paso más.
¿No crees?
Hizo una breve pausa antes de continuar:
—Y si cuando alguien se va no abandona nada ni a nadie… quizá solo nos transformamos en otra forma de estar y de acompañar.
Eliam sintió que algo en su interior se aflojaba.
Había algo en Elora que lo hacía sentirse en casa.
La miró con ternura y le devolvió una sonrisa que decía mucho más que cualquier palabra.
Sabía que ella lo enamoraba, pero la quería tanto que no deseaba romper nada.


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